He adquirido un gran crecimiento personal y espiritual de mi batalla contra el cáncer. A veces pienso que la experiencia valió un millón de dólares, pero yo no tomaría cinco millones para pasar por esto otra vez. Tener cáncer de mama me forzó a aceptar ajustes en mi estilo de vida. Me gustaría decirles acerca de algunos de ellos.
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Yo odiaba perder mi independencia.
Tuve que dejar que otros me ayudaran. Oh, eso fue realmente difícil! Pero después de mi cirugía no podía conducir y tuve que depender de otros para que me llevaran al hospital cinco días a la semana para recibir tratamientos de cobalto. Tenían lo recogerme a las 7:15 de la mañana, a 20 grados bajo cero. Más tarde supe que estaban contentos y honrados de que yo les hubiera pedido ayuda.
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He tenido que ajustarme emocionalmente a los cambios físicos en mi cuerpo.
Los tratamientos actuales son muy diferentes a los que estaban disponibles cuando yo era tratada hace 25 años. La mastectomía radical me dejó con una cicatriz muy grande. Un tiempo después, estaba caminando por la calle y de repente me sentí como un bicho raro. Me sentí avergonzada pensando que la gente me estaba mirando. Con el tiempo, me di cuenta que yo era la única persona que me había visto como un bicho raro. Y vine a apreciar el buen trabajo de mi cirugía.
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Tuve que renunciar a mi privacidad.
Debido a que era una misionera, había hablado mucho en público y era bien conocida. Cuando tuve la cirugía por el cáncer de mama en noviembre de 1976, la noticia corrió como reguero de pólvora. La gente me visitó en el hospital. Yo había perdido todala privacidad. Fuehumillante para mí que toda la ciudad y gran parte de mi mundo supiera que yo había perdido un seno. Un voluntario del hospital vino a visitarme a mi cuarto y dijo que se enteró que tenía cáncer por medio de una lata en la caja registradora en la tienda de regalos, y que tenía un letrero que decía “prótesis para Karen Merkel.” Todo el mundo sabía.
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Tuve que renunciar a muchas actividades por un tiempo.
Antes de mi mastectomía, era una adicta al trabajo. La cirugía y tratamientos de radiación retrasaron mi regreso al trabajo durante cuatro largos meses. Temí que mi carrera como misionera había terminado, sobre todo cuando me enteré de que mi trabajo estaba siendo entregado a los demás misioneros. En mi dolor y rabia, no lograba ver las tiernas palabras, “hasta que vuelva Karen”, escrito en estos informes.
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Tuve que enfrentarme a mi propia mortalidad.
Treinta y tres años es una edad difícil para pensar en tu propia muerte. Estaba llena de energía y amaba mi trabajo. De repente, me vi enfrentada no sólo con la posible pérdida de mi trabajo y una parte de mi cuerpo, sino la vida misma. Porque yo soy Cristiana, mi primera reacción fue tomar la filosofía que Lois Walfrid Johnson ofrece en su libro, “De Cualquier Manera, Yo Gano”. Yo sabía que a través de la fe en Cristo, si moría, iría al cielo y que sería genial. Si vivía, también sería grandioso. He oído decir que en el cielo no hay lágrimas y dolor. Si esto es cierto, y creo que lo es, la muerte me libera del cáncer y de todo el dolor y del miedo que trae.
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Una Nueva Vida Normal.
Es difícil describir lo que una persona pasa a través de estos momentos. Un año después del atentado de 1995 en el edificio federal Alfred P. Murrah de la ciudad de Oklahoma, que dejó 168 personas muertas, una madre que perdió a dos hijos se le preguntó si su vida volvió ala normalidad. Medi cuenta de que su respuesta perspicaz resume mi ajuste continuo de haber tenido cáncer de mama: “La vida nunca será normal de nuevo, pero lo que he tenido que hacer es tratar de encontrar una nueva vida normal”.